Talento descubierto: Paul Montjoy y sus «Relatos desde el hígado»

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Relatos_desde_el_híg_Cover_for_KindleTiene solamente 19 años y un tremendo talento innato. Se trata de Paul Montjoy, peruano de la ciudad costera de Chiclayo, a quien un día se le ocurrió escribir y a través de su teclado recibió un regalo predestinado únicamente para él por parte del universo. Esta semana celebra la publicación de su primer libro, Relatos desde el hígado (Pukiyari Editores), en donde vuelca sus ideas en veinticinco relatos que muestran diversas situaciones humanas que limitan entre lo permitido y lo fantasioso, entre lo prohibido y lo muy ansiado.

“El verbo de Paul Montjoy es punzante, agresivo, tajante. En contraste, su ritmo tiene una melodía seductora. Sus originales tramas envuelven a sus personajes en el tono verde amarillento de la bilis, enviándonos a universos paralelos, fantásticos, cargados de emociones profundas, desesperadas, evocativas de deseos íntimos. Él es un talento que empieza a emerger en la literatura y que sentimos orgullo de presentar”, comenta  Ani Palacios Mc Bride, autora premiada y presidente de Pukiyari Editores.

Estudiante de Derecho en La Universidad de Piura, Paul Montjoy descubrió el mundo de la literatura y su habilidad para la creatividad a temprana edad. Hoy, tiene toda una vida para surgir como una voz interesante, tal vez hasta poderosa, en el mundo de las letras castellanas.

Relatos desde el hígado está disponible en papel y digital en Amazon.

Paul Montjoy en Pimentel. Foto: Pitty Castañeda
Paul Montjoy en Pimentel. Foto: Pitty Castañeda

Este es tu primer libro publicado y eres un autodidacta de la literatura, ¿cómo te pusiste en la senda de escribir relatos?
Creo que el proceso literario es un camino producto de la interconexión de varias cosas, la infancia, el gusto por las letras, la familia, la disciplina, el don natural, los amigos que te rodean, entre otras miles de cosas que poco a poco van forjando la capacidad imaginativa. En mi caso concreto, siempre viví rodeado de libros, con una biblioteca surtida en casa, no pudiese haber comenzado a escribir sino le hubiese agarrado gusto a la lectura, tal vez allí comenzó todo, luego se fueron acuñando en la mente todas las vivencias vividas (valga la redundancia). Empecé escribiendo artículos de política en un blog personal, muchos de ellos con errores estructurales y ortográficos, y poco a poco se fue perfeccionando la técnica. La primera vez que escribí literatura fue de un día para el otro, traté de plasmar por escrito una idea loca que llevaba en la cabeza y así poco a poco, y tal vez inconscientemente, la escritura se convirtió en un vicio al cual destino muchísimo tiempo.

Tu talento es natural, ¿cómo planeas nutrirlo, hacerlo crecer?
Gracias por lo del talento. Espero que en el camino de la vida se me vayan presentando nuevas aventuras, nuevas vivencias que me ayuden a seguir creciendo en el proceso creativo. Soy de los que creen que un escritor difícilmente solo se forme en cursos o leyendo manuales  de cómo ser un escritor. Trataré de nutrirme con anécdotas, mitos, cultura, para poder construir cada vez historias más verosímiles sin dejar de lado la fantasía, que alimenta a esta gran mentira que es la literatura.

¿Vemos retazos autobiográficos en estos relatos?
Es imposible que un autor logre distanciar por completo su vida de sus escritos, muchos de estos escritos tienen una influencia de cosas vividas, expresadas tal vez, en características de los personajes, lugares, acciones y frases determinadas. Creo que estos relatos tienen mucho de mí, de lo que pienso, de lo que crítico y de lo que me gusta. Vale aclarar que mi biografía no está plasmada en ninguno de los relatos, la realidad siempre se va a ver contaminada, felizmente, por la ficción.

La imaginación es tremenda en este primer libro tuyo, ¿en qué te inspiras?
Como lo mencioné anteriormente, de vivencias, de amigos, de lugares a donde viajo, de todas las personas maravillosas que conocí y también de aquellas que me gustaría conocer. Me nutro, en líneas generales, de la misma vida, del día a día, de aquellas cosas cotidianas que juntas podrían formar parte de un relato.

¿Qué consejos les darías a otros autores que están cerca de lograr ese salto de idea a publicación?
Tomaré las palabras de una amiga, a quien tengo muchísimo aprecio y cariño: “Tranquilo, el momento llegará”, creo que siempre llega el momento. Lo más importante es prestarle atención a lo que uno escribe, dedicarse a eso, la literatura es una actividad muy celosa, le gusta la exclusividad.

¿Cuál será tu siguiente entrega?
No lo sé, lo que la vida quiera que publique en un futuro, por ahora estoy tranquilo, estoy concentrado en nuevos proyectos.

Te regalamos un relato de este magnífico libro.

En aquel puerto

Aquel puerto era una mezcolanza de razas indias, europeas y africanas. Existía en él una ingente división social, un fraccionamiento propagado desde la época de la colonia. Los mulatos, los pescadores, en su mayoría descendientes de esclavos, vivían hacia la izquierda, en rústicos hogares edificados con esteras y otros enclenques materiales, donde la palabra «desarrollo» estaba relegada al diccionario de los ricos, en forma de mitos, de miles de cifras ininteligibles. Eran personas supersticiosas, de pequeña estatura que contrastaba con sus espaldas anchas y formadas, con el pasar de los años, por el trabajo manual; y de dejo casi extranjero en su propia tierra, como si estuvieran cantando, como si mezclaran sonidos, porque aprendieron a hablar el español a la usanza de los criollos, quienes lo aprendieron, a su vez, de los colonizadores españoles. Muchos no salían después de las doce de la noche, pues esa era la hora en la que el diablo paseaba por las calles, cual vigilante nocturno, montado en una carroza halada por caballos de oro. Algunos afirmaban haberlo escuchado y aterraban a los demás pueblerinos con sus espeluznantes anécdotas que, muchas veces, solo eran producto de la imaginación infinita y de cuentos que las madres solían trasmitir a los hijos a través del pezón. En la derecha, donde se erguían casas enormes, verdaderos palacetes, vivían los patrones, la gente alta, con largas barbas y cabellos tan claros como el mismísimo brillo del sol, en su mayoría hijos de europeos que buscaron fortuna en el nuevo mundo. Ellos eran los jefes, pues muchos de la clase baja trabajaban en sus casas, cuidaban a sus hijos, los mimaban, y sacaban a pasear a sus mascotas al malecón todos los días, mañana, tarde y noche, durante toda la semana, para que los animales no defecaran en la casa. Los domingos eran días de júbilo para todos en aquel puerto, para ricos y pobres, para feos y guapos, porque aguardaban a que el párroco celebrara la santa misa. La fe cristiana, impuesta por los conquistadores años atrás, se había difundido a paso de cañón, pero no se había perdido la cultura ancestral, pues también se creía en la brujería, en los mitos antiguos, en la magia y, por supuesto, en los espíritus que solían deambular entre el limbo de la vida y de la muerte.

Fue en ese misterioso lugar donde se desarrolló la historia de la bellísima Betzabel, una joven mulata hasta en sus cabellos que creció sintiéndose cada vez más atemorizada del mar, oteando desde lejos el muelle de madera largo y extenso, cuya punta siempre se atisbaba encorsetada por la neblina vespertina. Era guapa y esbelta, ligera como la brisa por las mañanas; tenía una sonrisa ancha que desplegaba dientes blancos y brillantes como madreperla; su cabello negro, que le llegaba hasta las pantorrillas, destilaba un azabache tan oscuro como la esencia de la tinta de un calamar. Era de fe cristiana los días de guardar, nunca se perdía una misa. El resto de la semana se encomendaba al frívolo mundo de la herejía, de las creencias populares, de los mitos, en el reino de las especias alucinógenas, de las historias sobrecogedoras y escalofriantes acerca del sombrío mundo de los muertos. Solía consultar su futuro con un viejo brujo del pueblo. Cuando se sentía desgarrada por profundos momentos de desesperación, abdicaba a sus creencias y les oraba a los dioses de los herejes y a sus santos de dudosa procedencia. Tenía dos hijos: José y Gabriel, ambos aprendieron en su niñez las técnicas ancestrales de la pesca, una de las pocas formas de subsistir en ese lugar; ambos, aunque envueltos en la tristeza del padre ausente, encontraron en la mulata un amor inacabable, de aquellos incondicionales que solo una madre es capaz de dar. Betzabel acostumbraba caminar por el puerto, chismoseaba las buenas nuevas de la semana con las caseritas del mercado, se confesaba en la iglesia cuya torre, cual Quijote, sobresalía entre todas las demás construcciones del pueblo. La casa de Betzabel, una construcción de adobe y quincha, era una de las mejores de su barrio, tenía dos plantas y un largo balcón de madera cuya vista daba al mar. Desde sus ventanas se podía observar la neblina matutina comiéndose al mundo, era ahí donde siempre se sentaba a mirar el atardecer romántico, agonizante, anaranjado, y lento. Y era desde su atalaya que avizoraba las embarcaciones yendo y viniendo mientras sus hijos se entregaban al mar para pescar.

Fue una mañana cualquiera cuando Gabriel, el hijo mayor, salió a pescar, como era de costumbre, antes de que el campanario repicara las cinco de la mañana, hora en la que los espíritus de la noche ya dormían exhaustos por el trajín nocturno. Los de aquel puerto formaban grupos para realizar la pesca, esa era la única forma de protegerse de los peligros que merodean siempre en las profundidades del mar. Gabriel buscó su caballito de totora, posible patriarca del surf, para meterse mar adentro. Los brujos vaticinaron buen clima, pero el cielo estaba opaco, denso todavía al alba, y los colores de la oscuridad se mezclaban con los del nuevo amanecer. La brisa ingresaba violentamente a los pulmones de los pescadores, el frío intenso erizaba la piel, el mar picado, de color verde petróleo, advertía el peligro de ingresar en sus aguas. En la orilla, los pescadores, a quienes no les importaba el clima, continuaban preparándose para la faena, levantando con sus pies descalzos la gélida arena, despertando a los cangrejos asustados que corrían de un lado al otro buscando una madriguera donde esconderse. Cerca de ellos, el muelle saludaba a todos los que lo viesen. Era una típica escena matutina, el sonido del océano llenaba el espíritu aventurero de los pescadores, las redes ya estaban listas y algunos pelícanos endemoniados comenzaron a surcar los cielos.

Cuando fue el momento preciso, Gabriel comenzó a empujar su caballo hacia el infinito, remaba con las manos para ganarle a la corriente. Llevaba consigo una red y, dentro de él, miles de temores naturales. Se encontraba en una comitiva de cinco hidalgos montados sobre sus caballos de totora, cinco guerreros que conquistaban el mar día a día. Chocaban las olas como si fueran unos arietes de guerra, era la lucha cotidiana. El agua los mojaba por completo. El aire congelado los atacaba, pero ellos no lo sentían, eran guerreros bien entrenados, hacía mucho que habían logrado adaptarse a las feroces condiciones ambientales. Tiraban las redes y luego, cuando estas se ponían pesadas, jalaban con fuerza para sustraer el tesoro de las profundidades, para quedarse con el ansiado botín. Esa maniobra la repitieron una y otra vez, hasta que el cansancio se volvió inminente. Todos regresaron, excepto Gabriel, quien estaba obsesionado en conseguir mejor pesca para llevar a su casa. Siguió adentrándose, llegó hasta donde ya no habían olas, solo tumbitos, ahora estaba a la altura de la punta del muelle. La niebla impedía que pudiese ver claramente. Como si fuera un sentimiento intrínseco, comenzó a sentir frío. De pronto, ¡Se oscurece el mar, ahora me puedes escuchar!, se escuchaba un canto desde las profundidades. Era realmente un canto precioso, acogedor. ¡Se oscurece el mar, ahora me puedes escuchar! Gabriel quedó hipnotizado, como si por un momento dejase de ser él, solo quería quedarse escuchando aquel coro angelical, aquellos sonidos que ahora ingresaban con fuerza a su corazón. ¡Se oscurece el mar, ahora me puedes escuchar! Se sentía feliz, el sonido lo envolvía y lo alejaba de este mundo. Era una voz dulce, aguda, fina. Pasó la punta del muelle, quería encontrar la fuente del sonido. ¡Se oscurece el mar, ahora me puedes escuchar! La intriga llenaba su alma y su corazón comenzó a latir más fuerte, a sentir el ritmo de la música. La adrenalina se le subió a la cabeza. ¡Se oscurece el mar, ahora me puedes escuchar! Siguió adentrándose, ya nada le importaba.

De pronto, en la niebla blanca frente a sus ojos, pudo observar una silueta delicada, misteriosa, no podía determinar qué era pero estaba seguro de que la voz pertenecía a ese ser. Se sintió atraído y comenzó a remar hacia lo que vio a la distancia, la voz se hizo cada vez más delicada, más excitante, era un sonido que perturbaba todo su ser. Para cuando se dio cuenta de que la orilla se había alejado, pudo verla claramente: era una mujer preciosa, con la tez blanca como la nieve, con carita cohibida, de facciones delicadas, y un cabello castaño brillante que caía en ondanadas hasta su pecho; parecía como si la hubiese pintado el mejor artista del mundo. Tenía ojos claros, verdes como las algas, intensos como la inmensidad del mar. Su boca carmesí estaba perfectamente tallada y eso le gustaba a Gabriel. Tenía el cuerpo delgado, se podían notar las gotas de agua que se escurrían alrededor de su ombligo. Sus senos estaban completamente al aire libre, respingados, apuntando al horizonte, el agua le besaba la cintura. Tenía pezones de niña, tan delicados y finos que parecían dos gotas de cristal. Seguía cantando, miraba a Gabriel con cierta timidez, como si se hubiese asustado al verlo. ¡Se oscurece el mar, ahora me puedes escuchar! El pescador se quedó mirando la figura, era realmente una rosa en el desierto, lo más hermoso que alguna vez hubiese visto. Repentinamente comenzó a sentir una necesidad, un amor súbito hacia ella, deseaba poseerla toda, todita para él. Siguió acercándose, pero esta vez de manera involuntaria. Ambos se abrazaron, se besaron, y él sintió el agua trepando como una caricia por su cuerpo. El caballito de totora flotaba sin tripulante, de regreso hacia la costa. Ella lo apresaba con una fuerza incontrolable, lo hundía lentamente, le sonreía, lo atontaba mientras lo jalaba hacia la muerte. El canto hipnotizador ya no se escuchó más. El agua comenzó a ingresar a sus fosas nasales, no podía librarse de ella, notó que su mundo se desvanecía, sintió que el alma se le salía del cuerpo, en un instante ella le ganó la batalla, la guerra estaba perdida, los labios de la mujer desconocida se tornaron fríos, dejó de respirar.

Betzabel regresaba del mercado, que estaba al costado de la iglesia de aquel puerto, venía de hacer sus compras para el almuerzo, había aprendido desde muy niña que mientras más frescos los ingredientes, mejor. La ventisca de la mañana se mezclaba con los fantasmas caminantes de las calles. La mulata pasaba saludando a todo el mundo, todos se conocían, era un pueblo chico después de todo. Algunos gallinazos se hacían con las sobras de la comida que los pobladores dejaban en la basura. Pasó por la iglesia y se persignó como de costumbre. Observó la imponente torre y escuchó las campanadas que anunciaban el mediodía. Ingresó a su casa, se dirigió a la cocina, dispuso la mesa para el almuerzo. Terminó de cocinar y sus hijos todavía no regresaban. Comenzó a sentir en las profundas cavidades de su corazón un ligero miedo que con el pasar de las horas se fue profundizando. Abruptamente, José ingresó corriendo a la casa. Se parecía mucho a su hermano, la única diferencia palpable era su estatura pues le llevaba varios centímetros. Se le notaba cansado y en su cara la angustia estaba dibujada. Traía lágrimas en los ojos, algo extraño porque no solía llorar, los hombres del mar debían ser fuertes. Betzabel se asustó.

―¿Qué pasa, mijito? ―preguntó con voz temblorosa.

―No aparece mi hermano, dicen algunos pescadores que se ahogó —respondió con lágrimas corriendo por sus mejillas―. Ha desaparecido esta mañanita, no ha salido del mar.

Un dolor nauseabundo invadió el alma de Betzabel, sentía que la acuchillaban en la espalda. Los latidos del corazón se tornaron desbocados. Temblaba como si no pudiese controlar su cuerpo. Por sus venas corría la heroína de la tristeza. No sabía qué hacer, hubiese preferido su muerte antes que la de su hijo. Sus ojos se desbordaron como nunca, fue un llanto de madre herida, de desesperación. Sentía que su mundo se había acabado, una parte de su corazón estaba enterrada en las profundidades del mar. Se aferró a José con tanta fuerza que lo dejó sin aire, no quería separarse de él. Al rato, otras emociones los embargaron; la rabia, la soledad, la agonía. Caminaban de un lado al otro de la sala, lloraban, se echaban las culpas, se agredían y luego se amaban en medio de un torrente de emociones, entre los dos se intentaban apoyar, pero no podían, la impaciencia, el vértigo, la desesperanza los despeñaban. A Betzabel se le quemaban las entrañas cual fusil de guerra, su respiración se volvió jadeante, su aliento se acabó y su voz entrecortada se escuchaba como si el llanto mismo la ahogase.

Afuera, todos los pescadores salieron en búsqueda del cuerpo. Caminaron kilómetros a lo largo de toda la orilla de la playa, se metieron al mar en sus caballitos de totora. La tarde se convirtió en una jornada de búsqueda. Pero los resultados no se alcanzaron, derrocharon en vano su tiempo, la arena del reloj terminó de caer, el cuerpo no apareció. La depresión que siguió fue inevitable. Se murió Gabriel, murmurarían los pobladores de aquel puerto durante las horas siguientes. Betzabel no quiso abrazar la idea de la muerte, se resistía. Esperó a que José se durmiese para salir a buscar el cuerpo de su hijo, no le importaba ir sola, poco le asustaba encontrarse al diablo caminante, su amor de madre podía más. Una niebla oscura invadía aquel puerto, la llovizna había comenzado algunas horas atrás, todo estaba húmedo, hasta la misma tristeza. El frío carcomía los huesos como si fuese una enfermedad mortal. Sus manos se habían congelado, como si hubiese empezado a morir. Únicamente los fantasmas de la calle caminaban al costado de ella. A pesar de que había pasado menos que un día, Betzabel pareció envejecerse, su cabello comenzaba a teñirse de blanco, y sus labios fueron secados por el beso de la agonía. Caminó por el malecón y nada. Caminó por la orilla del mar y nada. Podía escuchar el sonido de las olas; y en los vientos, el chisme del deceso. Se quedó mirando al mar, observaba el horizonte infinito, la única meta era encontrar a su hijo, todo era penumbra. Se desnudó y dejó al aire libre su íntima belleza, la psicosis se había apoderado de ella, la locura comenzaba a cobrar fuerzas, estaba pensando con el corazón. La desesperación la derruía por dentro y el aire comenzaba a ser amargo. Sus pies se mojaron en la orilla, el agua congelante la abrazó, poco le importó, debía seguir.

El amanecer ingresaba con fuerza a la casa, los rayos del sol despertaron a José, amaneció un día contento, lleno de luz, sin neblina asesina y con una brisa fresca que ingresaba hasta en la habitación más profunda de su alma. La noche pasada tuvo mil y una pesadillas, se levantó pensando en su hermano, iría a buscarlo. La tristeza también le tornó el rostro demacrado. Rezó la oración de la mañana y se paró en el balcón para observar el horizonte naciente. Una sensación de frío se apoderó de su espalda. Observó a su madre en el umbral de la puerta, tenía los ojos tristes. La envolvía un silencio que asustaba, mortal, distinto. Se miraron fijamente por un rato, un momento que pudo ser largo o de unos segundos, el tiempo había caducado. Entonces Betzabel se acercó a su hijo, caminaba con un andar sobrio, vacío de emociones. Le dio un beso en la mejilla. Estaba helada.

―Un alma se cambia por otra —dijo la madre con una voz firme y gélida―. No llores más, mijito, mi alma ya está salvada.

Después de decir eso, la mulata se tiró del balcón de su casa, no la detuvieron ni siquiera los gritos de José. El hijo corrió hasta el borde del saliente y miró hacia abajo; se quedó totalmente helado, no había ni cuerpo ni sangre y la gente seguía caminando como si nada hubiese ocurrido, el suicidio no existió. Estaba confundido, temblaba espantado sintiendo el estremecimiento en todo su cuerpo. Bajó. Las calles estaban limpias. No estaba el cuerpo de su madre. Se quedó ahí hasta que llegaron algunos pescadores corriendo. Daban gracias al cielo, gritaban con alegría desaforada. Se acercaron a José y con emoción sentida el mayor de ellos le dijo: «Gabriel, tu hermano, apareció, y vivo».

 

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