Ardiente: “A veces lloro sin querer”, ganadora del II Concurso Internacional de Novela Contacto Latino

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A_veces_lloro_sin_qu_Cover_for_Kindle (1)Ya está disponible en papel y digital “A veces lloro sin querer”, la novela ganadora del II Concurso Internacional de Novela Contacto Latino, del venezolano Juan de Mata. La novela se distinguió de entre otras 120 novelas presentadas a este concurso, que en su segundo año se está definiendo como uno de los mejores convocados en lengua castellana desde Estados Unidos.

“El Concurso Internacional de Novela Contacto Latino tiene como fin apoyar la literatura en nuestro rico idioma castellano. La convocatoria del segundo concurso trajo a nuestras manos ciento veinte obras de autores regados por el mundo entero. El riguroso proceso de selección nos llevó a decidirnos por la obra de Juan de Mata, una extraordinaria novela tanto por su tema como por la belleza de la entrega, una cabalgata rítmica y potente en donde los personajes, subyugados a un diablo libidinoso y cruel, se desplegan por las llanuras venezolanas de un tiempo cuyas heridas todavía permanecen abiertas, y cuyos pecados no han dejado de producirse, pues la virginidad de muchachas jóvenes se vende todavía hoy al más alto postor”, dijo Ani Palacios Mc Bride, autora galardonada por sus novelas y  presidente de Contacto Latino y de Pukiyari Editores.

“A veces lloro sin querer” exalta el amor que domina las pasiones del hombre, refleja el problema indigenista venezolano, retrata la cultura de un tiempo en que se pensaba que la lepra de los hombres se curaba con la virginidad femenina, y muestra sobre todo la personalidad fresca del llanero que ama, sufre y espera.

“La obra ganadora alterna un estilo desbordante y expresivo, tan de agradecer para los amantes de la belleza en sí misma, con la magia indescifrable de la gran literatura de personajes y pasiones; es decir, la que apunta, más allá de la mera pirotecnia verbal, al corazón del lector con precisión de cirujano. Como toda gran obra, “A veces lloro sin querer” gana con la relectura, tan repleta de matices y detalles; destaca, sobre todo, su prodigio de puesta en escena lineal, su creciente arquitectura argumental, cuestión ésta nada baladí para una novela que se construye como un gran mosaico en el que cada detalle complementa y enriquece el resto. El planteamiento temático cuenta con una originalidad sin rarezas, auténtica casi sin pretenderlo, dibujando infiernos verdaderamente muy placenteros para los futuros lectores. Con naturalidad y nula afectación alcanza el estatus de alta literatura esta novela llamada a convertirse por derecho propio en un referente de la nueva narrativa latinoamericana”, expresó en sus notas Luis Miguel Helguera San José, España, autor y juez de esta convocatoria.

Juan HernandezConversamos con Juan de Mata acerca de su carrera y lo que este premio hará por él.

Con una carrera en literatura bastante galardonada, ¿qué significa para ti haber ganado el Concurso Internacional de Novela Contacto Latino 2014?
El Concurso Internacional de Novela Contacto Latino es el galardón más alto que he obtenido, y eso es para mí la justificación de un esfuerzo personal. Pienso que los concursos de relatos, en los que he participado, son de una categoría menor, tomando en cuenta que un relato se puede hacer en una sentada, cuando están por ahí rondando los engendros de la musa. Ganar un concurso de novela es otra cosa, considerando que construir una novela es un trabajo de meses, tal vez de años, que debe ser cuidadosamente estructurado y pintado con suficiente interés y colorido para entregarlo a sus dueños, a los lectores.

Uno de los jueces comentó que “A veces lloro sin querer” está llamada a convertirse por derecho propio en un referente de la nueva narrativa latinoamericana, ¿en dónde te ves a ti mismo y a tu obra?
El juez lo dijo: “por derecho propio”. Si es buena, será como un globo que simplemente se suelta y sube solo. Yo soy un hombre contenido por el defecto de la modestia. Tengo otras novelas escritas, y sí, “A veces lloro sin querer” las puede enganchar con ella hasta las órbitas del éxito, hasta donde me dejaré subir sin ver los límites.

¿Por qué debemos leer “A veces lloro sin querer”?
Por ser novedosa. “A veces lloro sin querer” es un trabajo cuya identidad literaria se distancia del llamado “Realismo Mágico”, representa una forma diferente de novelar, va a una realidad más compleja, más abundante, tomada de los bocetos de la imaginación colectiva en un ámbito perfectamente definido y coherente. Es como arrebatar a la gente de un espacio geográfico determinado los ángeles y fantasmas de sus sueños sintéticos y montarlos en la escena de un sueño mayor. No deja por fuera las inquietudes sociales de ese entorno, las apariencias y contrasentidos del bien y el mal, que puedan tejer una moraleja. Creo que todo trabajo literario debe tener un vínculo con la idea de mejorar a las personas, no veo otro sentido en el afán de escribir.

¿Cómo mides tu éxito como escritor?
Me dejo llevar siempre por lo común, creo lo que muchos creen: que el éxito es un estado mental. Yo me considero con éxito, pero son los lectores y los jueces de los concursos quienes de alguna manera te califican. Hay escritores que para mí son malísimos, no consigo terminar un libro de ellos, y sin embargo son exitosos, lo cual es inexplicable desde mi posición, pero no puedo decir que no son exitosos porque sí lo son, la gente lo determinó así.

En este mundo de millones de voces, ¿la originalidad todavía existe?
La originalidad es un proceso como cualquier otro. Siempre existirá, porque siempre van a existir creadores capaces de echar a la basura sus producciones marcadas por aristas que delatan la marcada influencia de otros autores. En mi caso admito que lo más difícil para un escritor es lograr su propio estilo, siempre lo acechan archivos mentales que se explican en la Teoría Cognitiva de Piaget, elementos de otros autores registrados en la memoria que acuden por conductismo a entremeterse en lo que estás escribiendo, y es en ese momento cuando debes desecharlos. Me considero un escritor original sobre todo en la construcción de relatos, donde he creado mi propio estilo, que yo llamo “Boiling Matter”, materia ardiente, que consiste en construir en presente y sobre la marcha de los eventos una visión que incluye la acción, el ambiente externo, el ambiente físico interno y el nebuloso ambiente mental con sus evocaciones y nostalgias danzantes. Con este estilo he logrado algunos galardones a nivel internacional, y es la muestra en lo que mí concierne que la originalidad siempre va a estar esperando que la encuentren.

Lee el primer capítulo de “A veces lloro sin querer”

La llovizna alza lento humo de diamante, la emanación provoca un revoloteo de diminutos cisnes, permite a mi espíritu flotar en el enorme océano espacial, irrespetar leyes de la gravitación universal. Puedo palpar aquel fluido aeriforme, usarlo como efecto especial en mis construcciones oníricas, mientras viajo a velocidad de la luz, atravesando turbulencias en sepias, cañones tragantes y tormentas de fuego, hasta el impresionante frontón del fin del cosmos. Científicamente es contradictorio este lindero, el universo es infinito, esto debe ser un sueño.

Una mano universal agarra la cara por las mejillas, aprieta la musculatura lisa cada vez más fuerte, hasta transformar la boca en una flor de carne.

—No estás soñando —dice la mano.

Me detengo a observar intrigado el espectacular obstáculo de luz. Dudo. Es un promontorio sideral de esferas brillantes, un gigantesco cartón de huevos encendidos, un panal de cien túneles del tiempo, fresados por espirales horadantes que giran en las paredes cilíndricas. Repentinamente, surgen de ahí cientos de diablos alados, murciélagos cornicularios armados con sus trinchetes de ensartar almas, dispuestos a darme caza. Y entonces opto por la fuga, emprendo el regreso a tierra, para atrás, acelerando la marcha mediante la implementación de la función “flecha”, pongo a correr a mi lado las negras murallas del silencio cósmico.

El número de diablos que me persigue se va haciendo menor, hasta quedar un solo diablo, el propio, cuya velocidad de luz me colea, casi me alcanza cuando aterrizo en el cuarto de mi madre, donde hay luz, hallo la espada y me pongo en guardia. Satán manotea su capa hacia atrás, desenvaina la suya, sonríe, fija su mano derecha en la cintura, elegantemente feo, ataca con la zurda, denotando fintas de astuto espadachín. Coordina el movimiento de sus pies sobre un diagrama de paralelepípedos invisibles, pretendiendo romper mi guardia. Suenan las espadas. Le tiro un enérgico remate de estocadas y machetazos burreros, no seas pendejo bicharraco, arrincono a Satán contra la cómoda, donde desaparece sorpresivamente, a través del pie de un tornado. Me desconcierto por instantes, buscándolo alrededor, temiendo que aparezca por detrás. No está. Levanto la tapa de la cesta de ropa sucia con la punta de la espada y lo encuentro transformado en aquel hermoso sexo femenino, bembudo, húmedo, rayado apenas por débiles pelusas higiénicas. Titubeo, experimento deseo y miedo. No hallo qué hacer, soy católico y macho, voy a tocarlo con la mano limpia, en el momento en que alguien empieza a llorar gritado en la sala de cristales que van a romperse, provocando con los millones de esquirlas la polvareda estimulante de la tos. Entonces despierto asustado.

Vade retro, Satán —susurro, antes de persignarme, acosado por el sueño.

El llanto es verdad, se escucha cerca de aquí, los lamentos son púas, rasgan la placenta divisoria de latitudes colindantes, abren el esquema corporal en crisis, recordándome que estoy vivo, que existo porque todavía sufro: esta cabilla trabada en los discos lumbares, esta pila caliente en la cizalla mandibular, y ese llanto creciente llamando a marcha, alertando acerca de temibles urgencias.

En las sombras amarillas se escuchan los gemidos cotidianos de Omaira, a tres casas de aquí, llora cuando hace el amor, como naciendo otra vez, sus quejidos son dichas de orgasmos obtenidos dentro del inmortal ensueño de amar al amanecer. Su marido enciende el tocadiscos y pone música para disfrazar los gemidos. Las muchachas de esta tierra viven con la pata pelá, se levantan tempranito y andan, con la pata pelá, se oye la canción a todo volumen, y al rato la apagan, ya se salvó la privacidad.

El llanto incógnito se repite, no tiene que ver con Omaira ni con el muerto que se oye achicar la canoa en el viejo jobo que sobrevive frente a la ventana de mi cuarto, entre las hileras de casas de bahareque, y que alguna vez invadió mis sueños. No parece pertenecer tampoco a otra remesa de sueños inacabados, persiste vibrante al otro lado de la puerta de mi alcoba, irrumpe en el tronco del alba brotante de septiembre. Me incorporo veloz porque el llanto está en mi casa, abro la puerta de mi cuarto a la imagen de Icérida, mi prima, está ahí en el comedor, sentada en un mueble de semicuero, imposibilitada para impedir que su pecho haga tremolar las sedas plateadas de su traje de princesa plástica, cuando el llanto le llega profundo.

—¿Qué te pasa, prima? —le pregunto, intrigado por su presencia en mi casa.

No me responde.

Es bella, un regalo de amanecer. El llanto, en vez de deformarla, le concede paradójica hondura que acentúa la figura de una virgen gordita, abriendo secundarios flósculos de los trece años. Sus ansias de vivir quieren evadirse a través del resuello nervioso de suspiros empatados, ensanchando su caja torácica, repleta de amor. La sal de esas lágrimas me abre una zanja en el pecho, deja a intemperie mis sentimientos. Icérida hace un esfuerzo por hablar, por decirme lo que le ocurre, pero el llanto no la deja.

Me intriga lo que ocurre en casa, algo grave está a punto de reventar, relacionado con el llanto de mi prima, porque la puerta del frente se abre normalmente al amanecer, cuando papá va a la carnicería, y permanece abierta durante todos los días de este mundo. Y ahora está cerrada, presenta un túnel cúbico de sombras, repletas de jeroglíficos agresivos, perseguidos por un claro revuelo de abejas bravas.

Ya empieza a oírse el grito de los vendedores ambulantes. Alguien enciende un carro en la distancia, poniendo a moverse el día. «¡Te espero allá!», grita una mujer. Mi madre sale en ese momento de su cuarto, y trata de ponerme al tanto de la situación:

—Escapó de su casa y la buscan para llevársela, pero tendrán que matarme para llevársela de aquí. —dice muy seria, dura, como una iglesia.

Icérida tiene las manos en los apoyos del mueble, contiene los impulsos de la alerta, en cualquier momento salta al cielo de la esperanza del intervalo neutro soñado dentro del miedo, no ha perdido su orondez de papel de regalo, ni la tersura de su piel forjada en aceite de rosas, ni el chispazo brujo de sus ojos mañaneros. Una extraña sombra de murciélago de agua le pasa por detrás, dándole aires de conmemoración negra al amanecer.

—Mis padres me quieren vender a don Antonio Lugo, primo —logra explicar, calada por una tristeza oblicua, arrugando sus carnosos labios para llorar de nuevo.

Entonces comprendo todo: sus padres, azorados por la miseria, se han jugado la carta más fea, vender otra de sus hijas al rico ganadero. Sufro porque sé que nunca se vuelve al manantial del tiempo mal usado, pienso en aquel destino damnificador de las fantasías sentimentales de mi prima, una muchacha enamorada de su novio, portadora perenne de una canción a flor de labio, que ahora llora. La he visto caminar de la mano de su prometido por las solitarias calles de San Fernando que desembocan en el río, soñando con primaveras azules, con un mundo de gente buena, vegetación sativa y amores indestructibles. Esos sueños morirán en bocetos porque don Antonio Lugo compra a las muchachas para mujeres de cama, para destrozarles la virginidad y calentar su nido un tiempo, después las abandona, cuando no satisfacen su libidinosidad diabólica.

Me uno espiritualmente a la causa del amor, para que nada de eso ocurra, soy la tarde, forzó mi veleidosa imaginación a conducir la pareja de novios tomada de las manos por la calle ciega que llega al río, pero un hombre ensombrerado, extraordinariamente alto, rompe el candado de las manos unidas de la pareja, interponiéndose arbitrariamente entre ellos. Me molesto, pienso que el amor debe ganar siempre y lo esfumo con un chasquido de dedos, y reúno a la pareja y la veo seguir adelante, penetrar en la homogeneidad maravillosa del paisaje fluvial, caminar sobre las aguas turbias del Apure, flotar en un tumulto de lentejuelas y lágrimas de mandarinas, impresionados por la avidez termodinámica del limbo solar. Escucho clara la voz del poeta apureño, diciendo: Cuando a mi mente llegan, la plaza, el parque viejo, las orillas del río, las calles de mi pueblo, pareciera que entonces conmigo tú estuvieras… 

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