Primera Persona entrevista a Ricardo Vacca-Rodríguez

en

 

Ricardo Vacca-Rodríguez nació en el Callao, Perú, reside en Virginia. Es psicólogo – adiccionólogo. Ha publicado seis libros de su especialidad en el campo de adicciones. Entre ellos, Los padres, los hijos y la pareja del adicto (Editorial Opción/Oficina de Narcóticos de la Embajada USA, 1997, Perú), Psicopatía, uso de drogas y violencia social (Editorial Opción/Oficina de Narcóticos de la Embajada USA, 1997, Perú), Estrategias participativas para el docente peruano aplicadas a la prevención del uso indebido de drogas (Editorial COPUID, Ministerio de Educación/Oficina de Narcóticos de la Embajada USA, 1997, Perú), Manual para Operadores escolares en la prevención del uso indebido de drogas (Editorial Ministerio de la Mujer, 1997, Perú), Drogas, historia, efectos y aspectos psicológicos del adicto a sustancias químicas (Editorial Hojas de Coca, 2001, Perú), Adicciones a sustancias químicas y adicciones no convencionales, Revista del colegio de Psicólogos del Perú (Editorial CDN, 1997, Perú), Psicopatología de la coadicción volumen 4 No 4, Órgano Oficial del CDN (Editorial Colegio de Psicólogos CDR, 1999, Perú). En lo referente a la literatura, su obra consiste del libro de poesía, En los trenes también viaja la melancolía (Editorial Erradícame, 2018, España) y la colección de relatos Lo que tenemos en común – Antología de narradores peruanos en Estados Unidos (Pukiyari Editores, 2019) . Parte de sus poemas han sido publicados en el libro Callao, presente, pasado y futuro (Editorial CONCYTEC, 1989, Perú), revista Zopilote (1993, México), revista Llano Literario (Venezuela, 1991), revista La Tua Uggia (Tu sombra), Apreciaciones acerca de la poesía peruana en la década del 80 (Italia, 1990) y en la colección poética, Versos estivales (Editorial Books & Smith, 2018, USA). En Perú, ha sido miembro del Círculo Literario Amauta y del grupo de teatro Los Grillos. Es actualmente integrante del Círculo Literario Letras Vivas en Virginia. Parte de su obra literaria está publicada en su blog: palabrasbrujas.blogspot.com. Colabora con los blogs de literatura y cultura hispanoamericana en España: https://periodicoirreverentes.org.

Para contactar: vaccarodriguez@hotmail.com

MICRO RELATO GANADOR DEL PRIMER PUESTO EN EL CONCURSO LITERARIO «LA NOTA LATINA-2019», Miami Florida.

BESOS DE UN DESCONOCIDO 

Deambulas por las habitaciones de nuestra casa, sin zapatos, a medio vestir con el cabello revuelto. Miras hacia el frente y le sonríes al vacío. Intentas vanamente atrapar palabras desde el fondo de tu garganta, pero tu voz se ha ido quedando vacía y aletea en tu paladar similar a un acertijo perverso.

Ingresas al baño y el espejo te devuelve la imágen de alguien que desconoces disuelta en la niebla de tu memoria.

Día tras día se ha ido adelgazando tu cuerpo y tu alegría es un fósforo de cabeza rota. Los sueños que alguna vez tuvimos dejaron desde hace tiempo de broncear nuestra piel, de ellos solo quedan almohadas heridas de ceniza.

Recuerdo nuestro primer beso,  tú tenías quince años, yo dieciséis y tu cabello era largo y tenía el color de los troncos en otoño.  Ocurrió una noche en el jardín de tu casa.  No sabías besar y te avergonzaste (yo tampoco), pero lo disimulé amparado por la penumbra y el olor de las buganvilias que  cultivaba tu madre.  Jamás te garabateé un poema o te dije que te amaba, esas tonterías las había leído en los textos de la escuela o en los libros de poesía cursi que ofrecían los vendedores ambulantes en los  mercados. Yo solo te susurraba que continuaba viendo tu imagen reflejada en el espejo del silencio cuando te marchabas y si hubiera tenido que retornar a alguna ciudad hubiera sido a tu cuerpo, donde hasta la ausencia tenía tu forma.

No sabiamos besar, es cierto, pero después bajo la luna y sobre la cama en el motel del japonés José Tateo, lo repetimos tantas veces que aprendí el sabor de tu sombra y tú, a escribir en la yema de tus dedos la historia de mi cuerpo.

Con el transcurrir del tiempo, mientras continuabamos subiendo las escalinatas de la lluvia, descubrimos que también existían otros besos, que nuestros hijos fueron sentenciando en nuestas mejillas cada mañana y eran frescos como los pescados del puerto del Callao al amanecer.

Pero aquellos besos también se fueron arrugando en nuestro rostro como antiguos mapas de corsarios.

Tu comenzaste a olvidarte de las cosas simples del día: el nombre del pan, tus orquídeas en el florero, las oraciones antes de comer, tus poemas favoritos de Javier Heraud, el camino hacia el mercado de frutas.

Te olvidaste luego de la magia que nos envolvía mientras la lluvia golpeaba  nuestra ventana, de los bostezos al caer la noche,  los nombres de nuestros hijos.

Cada día que transcurría perdías nombres de los objetos que poblaban nuestro dormitorio. Te angustiaba tu sombra que decías que te perseguía en el jardín, te aturdía el sonido del reloj que interrumpía tu respiración, el charco de silencio en el patio de nuestra casa.

Las semanas se fueron transformando en una gran sábana blanca que cubría tu memoria. Al caer la noche, te repetía mi nombre para que me recordaras al amanecer y ensayaba una forma nueva de besarte y tú, solo me mirabas mientras la sorpresa se inyectaba en tus arterias. Sentía tantas cosas juntas y diferentes que me parecían que eran una sola y me dormía buscando tu mano entre las sábanas.

Al levantarnos no reconocías mi rostro, ni mi nombre, menos mis labios, porque el mar no recuerda sus naufragios. Yo siempre he de recordar aquel sabor a fresa en los tuyos como aquella noche en el jardín.

Son las tres y media de la madrugada. Trajinas por la casa, pasas por mi lado, te espantas, no me reconoces, tienes abierto el olvido como una herida incurable en tu memoria. Por eso he dejado escrito en los espejos y en ciertos lugares de nuestra casa, que el que está sentado leyendo el diario en la sala, bebiendo café en la mesita de la cocina, o el que camina a tu lado por las habitaciones es tu esposo,  que te ama.

Hace poco descubrí en mis manos y en mi cara esas manchas marrones similares al color de la tierra que aparecen con los años, quizás porque sin darnos cuenta nos estamos convirtiendo lentamente en tierra.

Tal vez algún día yo me marche definitivamente antes que tú y jamás logres recordarme. O tú lo hagas y no reconozcas la muerte y te marches extraviada entre mis besos estúpidos, sin sentido y las cosas que en el mundo maravilloso que construimos, perdieron su significado para siempre.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *